Simplemente no te quiere

Por qué habría de aguantar tanto. Tanta falta de cariño. Tanta falta de respeto. Acaso es tan difícil de entender… Simplemente, no te quiere.

Aún recuerdo esos consejos de pre adolescente, donde un amigo que tenía incluso menos experiencia que uno daba cátedra sobre una dramática teoría,  si uno era pesado y “no pescaba” se iban a enganchar más de ti… Y desde que uno aceptó el consejo, todo mal para adelante.

Efectivamente se ha instalado en nuestro inconsciente colectivo, el  que si somos firmes y pesados lograremos generar un mayor interés en la pareja. Y por cierto, nada más alejado de la realidad.

No obstante, el problema más complejo que nace a partir de este fenómeno es la generación de un introyecto perverso, que se instala en nuestra forma de entender las relaciones de pareja y nos predispone al sufrimiento de manera irreparable.

No creo equivocarme al decir que la gran mayoría de las personas caemos en este tipo de relaciones en la cual generamos una dependencia a quien más daño nos hace. Incluso, muchas veces, con una frágil memoria emocional, nos transformamos en jueces de otros, olvidando que pocos metros atrás pasamos por algo similar. “Pero mira… no sé cómo aguanta esto… “ … “No… si es tonta (o tonto)… si en el fondo le gusta que le maltraten”.

Y es verdad. Acaso no se han preguntado por qué justamente con ese tipo que más mal las trataba, que era desconsiderado, poco cortés, infiel, poco comunicativo y más encima poco cariñoso fue la persona que más recuerdan y tal vez la relación más difícil de superar?.  Entonces, ¿qué pasa que nos “enamoramos” más de quien más daño nos hace?

Algunas personas han desarrollado una especie de vocación de mártir. Una inclinación a creer que el sufrimiento tiene que ver con la intensidad, y que finalmente las historias intensas son las que nos marcan y determinan. Generamos una dependencia al dolor, como si la historia que tuviéramos que contar tuvieran más peso si se ha pasado mal, si no se ha sido feliz, si está vinculada a la lágrima más que a la risa.

Existen, a propósito de esto, dos tipos de victimarios con los cuales nos podemos encontrar en esta dinámica de sufrimiento y dependencia. El más peligroso (o peligrosa, pues en este juego no hay distinciones de género), es el que denominaremos perverso (a). Se caracteriza por ser un manipulador emocional que es consciente del fenómeno del sufrimiento y la dependencia y la utiliza para tener siempre dispuesto a su contraparte. Disfruta con ello y está llevando siempre la relación al límite. Una especie de placer interno es el motor motivacional de su actuar que se alimenta del dolor del otro para otorgar una sensación de poder, que seguramente no encuentra en otra parte.

El segundo tipo de persona que protagoniza esta dinámica es el que no se da cuenta del daño que genera y mucho menos de la dependencia provocada en el otro y muchas veces se siente incluso víctima por la culpa que le genera el ser responsable del dolor de otra persona. No obstante, no decide y se mantiene en la relación, motivado por un miedo a la soledad, con la cual le es difícil lidiar, pues es muchas veces en esa misma soledad donde uno se encuentra consigo mismo, y este escenario, no es fácil de soportar. El dolor del otro actúa como un distractor de sí mismo.

Lo cierto es que en ambos casos se configura un violento cuadro relacional, plasmado de malos tratos y caos constante. Violencia en toda la expresión de la palabra. Violencia más dura aún porque es permitida por nosotros mismos. Elegida por nosotros mismos.

El gran desafío de cada uno es poder identificar cuando se está en una relación de estas características. En otras columnas ya hemos hablado de lo ilógico que resulta negarse a la felicidad de manera sistemática, particularmente cuando somos conscientes de que estamos en un vínculo dañino. Falta entonces hacerse la gran pregunta:

¿Por qué es así conmigo?

La respuesta puede ser dolorosa, pero necesaria.

Simplemente, no te quiere.

 

Samuel Jiménez Letelier

Psicólogo