Columna de Psicología

Columna

Acabar con nuestro clasismo

José Luís Ysern de Arce, Psicólogo.

Cuando los alumnos de primer año de Psicología de la Universidad del Bío-Bío van dando sus opiniones en la asignatura de Introducción, donde ven las teorías de la Psicología de la Liberación, son unánimes al afirmar que una de las trabas de la que tenemos que liberarnos los chilenos es del clasismo. Afirman que somos prejuiciosos y clasistas, que miramos mucho a las personas por su apariencia, dinero, apellido, lugar donde vive o estudia, ropa que viste, forma de hablar, etc. Y añaden que mucha culpa de esto la tienen los medios de comunicación, especialmente la televisión. Afirman que la mayoría de la gente en nuestra sociedad solo se informa por la televisión y que esta es poco educativa; sus programas son sobre todo faranduleros, de escaso o ningún carácter valórico, y que la mayoría de los informativos se presentan de manera poco sobria y morbosa. Por lo mismo, en vez de educar, incrementan la tendencia al miedo y al morbo. Como nuestra gente lee muy poco –siguen opinando nuestros estudiantes- son muchos los chilenos que no desarrollan su sentido crítico y se dejan arrastrar por estas corrientes de opinión superficiales.

Así, no es raro que todavía haya en nuestra sociedad muchas personas con sentimientos fóbicos hacia los pobres (aporofobia), hacia los de otra orientación sexual (homofobia) y hacia los emigrantes de países muy pobres y con otro color de piel (xenofobia). Sin embargo, como está mal visto ser racista y clasista, no es raro escuchar expresiones como “no es que yo sea clasista, pero….”. En ese “pero” se esconde de alguna manera todo el rechazo que dicha persona siente hacia aquellos que considera de clase inferior o baja condición socioeconómica.

El clasismo se relaciona con los prejuicios, estereotipos, actitudes de discriminación que hemos ido grabando en nuestro yo inconsciente desde nuestra infancia. Por culpa de la cultura en que nos movemos y del entorno que nos rodea vamos adquiriendo ciertas ideas, creencias y prejuicios, que marcan nuestra cosmovisión, nuestra manera de ver el mundo y la vida.

Pues bien, los mismos estudiantes de Psicología, desde sus primeras clases se van dando cuenta de algo muy importante: para formar una sociedad nueva, una gente más humana, personas más abiertas de mente y de corazón, un mundo mejor, etc., lo primero que hay que hacer es desprenderse de todos estos prejuicios y falsas creencias. Es decir, para aprender a ser mejor persona hay que desaprender todo lo que nos hace malas personas; desaprender y olvidar todo lo que hemos aprendido y que nos hace daño. Porque ser clasista, racista, xenófobo, homófobo, aporófobo, es malo; vivir esos sentimientos es propio de malas personas, de gente de mente estrecha y corazón raquítico. Es propio de gente violenta. Ya en los años 70 del siglo pasado el gran sociólogo francés Pierre Bourdieu nos hizo ver que en este tipo de actitudes existe lo que él llamaba una violencia “simbólica”. De alguna manera la persona que piensa y siente así se considera superior a los otros y ejerce sobre ellos un afán de dominio, aunque lo disimule. Por muy simbólica que sea, esta violencia no es menos importante que una violencia física, pues esta tiene su origen en aquella, y produce efectos destructivos sobre las personas. Efectos destructivos tanto sobre la persona violenta como sobre la víctima, que se ve menospreciada y mirada en menos. En el corazón de todo clasista y racista se esconde el espíritu de un dictador de la peor calaña. Si viviera en épocas pasadas lo veríamos, látigo en mano, rodeado de esclavos sumisos y obsecuentes, ofendidos en lo más profundo de su dignidad humana.

Como muy bien advierten los jóvenes alumnos de nuestra escuela de Psicología de la Universidad del Bío-Bío, este tipo de violencia clasista se ejerce y difunde a través de los medios de comunicación social, a través de la publicidad, a través de las canciones, a través de ciertos programas humoristas de mal gusto; incluso a través de ciertos refranes y dichos populares que se repiten de boca en boca porque parecen graciosos, pero que encierran una fea caricatura de la sociedad. Hasta ciertos juegos electrónicos utilizados por nuestros niños contienen ideas sexistas y clasistas que producen mucho daño.

No sé si es de García Márquez, pero veo que le atribuyen a él una frase que encierra muy bien el pensamiento anticlasista: “Un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse”.