Columna de Psicología

Columna

Te Quiero, Pero no te Necesito

Samuel Jiménez Letelier, Psicólogo.

Van en el auto, los dos tomados de la mano. El destino es la pura felicidad. Un fin de semana soñado los espera en un par de cientos de kilómetros. Él toma su mano cariñoso… la mira mientras ella sigue al volante sonriendo. Se acomoda en su asiento en dirección a ella y le dice: “Te amo tanto… creo que no podría vivir sin ti…”. Él espera una respuesta acorde al nivel de romanticismo de tan enorme declaración. Ella lo mira sin dejar de sonreír y en un amoroso tono despliega la feroz frase: “Yo si podría vivir sin ti… Pero no quiero”. El enamorado amigo murió y vivió en la misma oración, pero jura hasta hoy que nunca nadie le hizo antes una mejor declaración de amor.

Centramos nuestras relaciones de pareja en un enfoque de dependencia que aprendemos a validar desde la idea preconcebida de que el otro es un suplemento y no un complemento. La idea es absolutamente nociva para la relación pues nos conecta con la deuda y el deber y nacen desde ahí ideas absurdas que nos dicen que estamos obligados moralmente a amar a quien nos ama y más aún, que quien amamos debe estar siempre ocupado en nosotros.

Lo cierto es que antes de ser pareja debemos aprender a ser individuos. La vida de a dos es maravillosa, pero sólo si antes se ha aprendido a convivir con uno mismo. Cuando ocupas a tu pareja como un distractor de ti mismo, como una manera inconsciente de no enfrentarte y asumir tus propios dolores y miedos transformas tu relación en un bastón, un algo en que apoyarte y en ese acto renuncias a tener a tu lado a un alguien con quien disfrutar.

Por cierto, que en la vida en pareja no todo es disfrute de manera directa y el apoyo en una relación es una herramienta fundamental para avanzar en la vida. Pero esto se valida cuando los roles al interior de la pareja son dinámicos y puedo transformarme en apoyado y en apoyo y así asistirnos mutuamente en cada desafío de la vida.

Pero más allá de eso, la importancia de tener conciencia de que antes de ser pareja somos un Yo, nos ayuda a vivir la relación sobre un eje de libertad, que es básicamente el ecosistema donde el amor crece y se desarrolla.

Para clarificar. Tenemos entonces aquí un versus muy interesante y revelador. Si respiramos por los pulmones de nuestra pareja, se genera el cuadro de dependencia que envía el aterrador mensaje de “Si tú te vas, yo me muero”: Culpa. Y si hay culpa no puedo moverme y quien no se mueve se muere.

Si por otra parte aprendemos a respirar por nuestros propios pulmones comienzan a pasar cosas maravillosas. La felicidad pasa a ser un patrimonio personal y único. Que nunca nos pase que la felicidad dependa de tantas personas. Es más, mientras de menos personas dependa tu felicidad, tanto mejor para ti. Ocurre también que al no tener que ocupar a la persona amada, no se desgasta y por tanto le regalas felicidad en lugar de culpas. Cuando somos capaces de hacernos responsables del único ser humano que nos pusieron a cargo, que somos nosotros mismos, nos conectamos con la profunda satisfacción de la independencia, que nos da la oportunidad de elegirnos cada día, cuando estamos en pareja. Ojo. No elegirla. No elegirlo: Elegirnos.

Entender al otro, como dice Maturana, como un legítimo otro, con historias, derechos, libertades, dificultades y propósitos tal cual, como yo, es un regalo para uno mismo, más que para la pareja. No se trata de egoísmos mal entendidos. Se trata de hacer tu trabajo y dejar que tu pareja haga el suyo.

Y entonces amigos míos, comienzan a ocurrir los milagros (pues los milagros existen, pero se trabaja para que ocurran), un día comienzan a caminar juntos dos libertades tomadas de la mano y el mundo se hace inmenso y cálido. Aparece entonces la poesía del amor y con ella sus poetas que inspirados por tanta maravilla notifican al mundo lo que ven decretado en versos fundamentales:

“Y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos” (Benedetti).