Samuel Jiménez Letelier
Psicólogo

 

EL AMOR REAL

 

Como constructo hipotético esto de que el amor es miel sobre hojuelas resulta ser una soberana ridiculez. Creer que una relación estará ausente de problemas y creer que ello es significante de bienestar es en definitiva no entender nada de nada de las relaciones de pareja.

Hablamos de que sin duda alguna el vínculo humano más complejo de todos es justamente la relación de pareja. Hablamos del núcleo de la familia, que a su vez es el núcleo de la sociedad. Sin embargo, la pareja a diferencia de las relaciones filiales está constituida por dos perfectos desconocidos que un día como cualquiera se conocieron y comenzaron a sentir atracción física primero y luego otras cosas adicionales que los llevaron a querer correr el riesgo de armar algo juntos.

La pareja no tiene la incondicionalidad que tenemos con los hijos o con los padres. La pareja, al menos las parejas sanas, no se vinculan desde el justificar y aguantar todo. Las relaciones de pareja se quiebran y esos quiebres duelen hasta el alma. Bien dicen por ahí… No existen las separaciones, más bien los desmembramientos.

Con todo esto en consideración, es que nos damos cuenta que para poder llevar adelante una relación de pareja no solo se necesita tener una linda historia, sino más bien un presente real, en el cual no se busque evitar los conflictos sino más bien saber llevarlos.

Sin duda alguna hay dos características esenciales que diferencian una relación de pareja de una simple amistad. Primero, por cierto, la presencia en el vínculo de sexualidad. Comparten una intimidad sexual que los identifica como pareja. Lo segundo es la presencia de conflictos. Las parejas discuten, pelean, tienen diferencias. Es precisamente en este último punto en donde podemos entender, que los mayores esfuerzos deben estar en encontrar las mejores estrategias para poder vivir los conflictos de manera sana, no cayendo en descalificaciones personales y buscando siempre la generación de acuerdos en medio de las diferencias.

Es que así es el amor real. Imperfecto. No ausente de conflictos, de dolores. El dicho que reza que el amor es lo más grande del mundo es en efecto cierto, pero debemos agregar a esa oración que es tan tan grande que adentro de él cabe de todo. Cabe la pena, la envidia, el sexo, la pasión, el egoísmo, la competencia, la admiración… Todo.

El amor real nace de manera inexplicable y puede morir también de un momento a otro. Si no se necesitaron grandes razones para que los dos se juntaran por qué habría de existir grandes razones cuando la relación se termina.

No existe la justicia en el amor real. Es de tal manera injusto que no existe ni siquiera la posibilidad de demandar cuando se termina. Por eso lo único sensato es conformarse con amar o haber amado y nunca enfurecerse cuando ya no somos amados. Un amigo decía que no es tanto la falta de amor si no la falta de amar. Qué razón tenía.

El amor real tiene cara deslavada. Son dos al amanecer sin cepillarse aún los dientes. Es pelo chascón pero con coquetería viva. Es compartir una copa de vino a la luz de las velas, pero también son dos metidos en la micro, apretados, sudorosos, apresurados.

El amor real tiene poco tiempo. Casi nunca son solo dos y casi siempre hay más gente. Igual no más se las arreglan para un beso encapuchado entre la cocina y el living de la casa mientras se acarrean vasos de jugo para las visitas.

El amor real, tal cual pasa con las estrellas, se ve mejor en el medio de la oscuridad. Cuando las dificultades, los problemas de plata, la enfermedad se hacen presentes, entonces el amor real brilla, acoge y calefacciona el alma.

El amor real debe vivirse cada día. Disfrutar de cada momento, incluso de los malos, pues de ellos se aprende y se edifica. Si no hay sufrimiento no hay amor real. Si no hay problemas, tampoco. Beberse la vida a sorbos, algunos dulces y otros amargos es la única manera de saber que en definitiva si se ha amado y se ha amado en serio.