Constructores de paz

El 18 de julio de este año 2018 se cumplen los 100 años del nacimiento de Nelson Mandela, aquel gran hombre que pasó en la cárcel más de 20 años por ser objetor de conciencia, activista contra el apartheid, y luego fue elegido democráticamente presidente de Sudáfrica, su país natal. La paz no es simplemente la ausencia de conflicto, dice él; la paz es la creación de un entorno en el que todos podamos prosperar, independientemente de raza, color, credo, religión, sexo, clase, casta o cualquier otra característica social que nos distinga.

Tiene razón: la paz no es solo la ausencia de conflictos. Siempre habrá conflictos entre las personas, sobre todo entre las más cercanas; es un hecho inevitable en las relaciones humanas. Con las lejanas y extrañas es muy difícil que surjan conflictos, precisamente porque no hay roces entre ellas; los conflictos surgen cuando entre las personas cercanas -y a veces muy queridas- surgen celos, incomprensiones, malas interpretaciones, envidias, posiciones distintas ante los mismos hechos, etc. El problema está no en el conflicto en sí, sino en la forma de enfrentarlo y solucionarlo. Si lo sabemos enfrentar, todos los participantes del conflicto salimos enriquecidos: no hay vencedores ni vencidos, sino todos beneficiados porque hemos sido constructores de la paz. Cualquiera de nosotros ha podido comprobar cómo muchas personas, después de haber superado en buen diálogo tal o cual situación conflictiva, crecieron en generosidad, apertura de mente, comprensión mutua. En una palabra, su personalidad quedó enriquecida.

En todo conflicto hay de partida una semilla de destrucción y una semilla de construcción; de cada uno depende cuál es la que está dispuesto a sembrar. En teoría es probable que todos digamos que por supuesto deseamos construir y nunca destruir, que queremos el bien para uno mismo y para los demás. Eso es lo que pensamos, pero en la práctica no siempre sabemos hacerlo. Hay que tener mucha riqueza interior, espiritual, para superar los conflictos en forma constructiva y ser, por lo tanto, constructores de paz. Así lo hicieron personas grandes como Nelson Mandela.

Para que los conflictos no nos destruyan hemos de ser personas de mucho coraje y esfuerzo, muy valientes, y luchadoras a contracorriente. Todos hemos experimentado la frustración de sentirnos incomprendidos. Ante esa frustración sentimos rabia, impotencia, ganas de dar un portazo y no querer saber nada más de esa persona, grupo, institución, etc., que no me entiende, me juzga, no me comprende. Por eso hay que ser muy valientes para darse una pausa y sentarse a reflexionar con calma; para captar que en ese conflicto que ahora nos tensiona puede haber otras causas más profundas que las obvias y evidentes. Suele pasar eso en muchos conflictos: creemos que las causas del problema son estos acontecimientos y puntos concretos que ahora nos distancian, pero si miramos con calma y serenidad, es posible que descubramos que en realidad estos últimos acontecimientos que tanto ruido nos provocan ahora no son sino la punta del iceberg de algo que viene de muy lejos, desconocido a primera vista, algo oculto, y que ya estaba incubando la bomba que ahora explotó.

Construir la paz, y hacerlo sobre todo en medio de los conflictos, es el trabajo más valioso que cualquiera podemos emprender. Actuar así es ayudar a la felicidad de la personas; ahí están los verdaderos constructores de la paz. Son los que a pesar de todos los pesares y dificultades se dedican con ahínco y esmero a sembrar simientes de felicidad en los caminos de la vida. Son personas intrépidas y muy valientes porque para actuar así han de liberarse de su egoísmo, comodidad y orgullo.

La corriente de la sociedad actual nos lleva por otros derroteros saturados de comodidad, poder, dinero, exitismo, logros fáciles para ser y parecer más que los demás. Por eso decimos que los constructores de la paz van a contracorriente, porque sus prioridades no coinciden para nada con estas que propone la sociedad del dinero y consumismo. La sociedad actual nos quiere hacer creer que la seguridad está en el poder y el dinero, que hay que ser rico y poderoso para sentirse seguro de uno mismo, sin embargo el constructor de paz sabe que esto no es así: la riqueza no da ninguna seguridad. ¿Qué seguridad puede sentir el rico en su riqueza si sabe que cuando esta corre peligro toda su seguridad existencial se desmorona? Solo hallamos verdadera felicidad y seguridad interior cuando somos constructores de paz, cuando ayudamos a la reconciliación entre las personas y con uno mismo.

José Luís Ysern de Arce

Psicólogo