Discípulos del amor

Andar por la vida secando lágrimas, arrimando el hombro al que necesita ayuda, dando la mano al que ha caído, es propio de buenas personas y de gente saludable. Sí, las personas íntegras viven con las antenas bien elevadas y perciben inmediatamente el dolor ajeno. Hay hombres y mujeres así; son personas que han superado la doble barrera del egoísmo y de la cerrazón mental. En forma espontánea les viene percibir el dolor ajeno, y en forma espontánea les nace ayudar. Lo hacen de una manera sencilla, humilde, discreta y delicada, sin aspavientos y sin llamar la atención. Esa es la ayuda que no ofende a la persona ayudada; no mira de arriba abajo. Me gusta esa frase atribuida a Gabriel García Márquez: “Un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse”. En realidad, la persona que ayuda se pone a la altura del otro, se mete en sus zapatos y se identifica con él. 

Todos hemos vivido la experiencia de ser ayudados por este tipo de personas, y lo hemos agradecido de todo corazón. Tenemos que aplaudir interiormente cada vez que nos encontramos con hombres y mujeres que son así y actúan así. Es posible que hoy, a causa del vertiginoso modo de vida que llevamos nos parezca que ya no hay personas enjugadoras o secadoras de lágrimas, como si cada uno viviera para sí mismo, “resguardado en su sayo y capisayo” como diría mi abuela; pero no es así. Siempre habrá gente buena y solidaria, sensible al dolor ajeno, con el pañuelo listo para acudir veloz al secado de lágrimas.

¿Qué tienen estas personas, por qué son así? Algo decíamos arriba: les caracteriza su apertura de mente y corazón. Han superado las barreras del egoísmo y del miedo. Cuando alguien es egoísta, al igual que cuando tiene miedo, lo primero que hace es encerrarse en su propio cascarón. El miedo nos lleva a encogernos, achicarnos y llenarnos de tortuosos mecanismos de defensa. Por eso una persona acomplejada, miedosa, de baja autoestima, es muy difícil que salga corriendo en ayuda de otro. Sus propios temores y complejos le impiden ver las necesidades ajenas. Parecido es lo que ocurre a las personas estrechas de mente, muy rígidas y normativas. Quedan inmovilizadas, prisioneras en la misma rigidez de sus estructuras, prescripciones y normas. Es lo que les ocurre a los personajes descritos por el evangelista Lucas en la parábola del buen samaritano (Lc. 10): el sacerdote y el levita, muy imbuidos de normas religiosas y reglas, pasan de largo ante el hombre abandonado a la orilla del camino, pero el samaritano, hombre considerado de mala clase, se acerca a la víctima y sana sus heridas. Este último es felicitado y propuesto como modelo por el mismo Jesucristo.

Hoy nos preocupamos con justa razón por el cuidado ecológico, nos interesa el medio ambiente, intentamos hacer todo lo posible para evitar acciones que empeoran el cambio climático. Está muy bien; hay que hacerlo sin demora. Pero a la vez nos tenemos que preocupar por recuperar la ecología humana; los seres humanos somos los principales protagonistas en este medio ambiente del mundo social. ¿Cómo andan nuestros niveles de comunicación y relación entre los seres humanos? Conviene preguntarnos si nuestra ecología humana se halla en buen nivel de mantenimiento y sano desarrollo, o si por el contrario nos estamos envenenado unos a otros por culpa de nuestro acelerado modo de vida. Para que nuestra vida sea confortable y nuestra sociedad recupere los buenos niveles de convivencia, nada parece más urgente que educarnos en la cultura de la ayuda y de la ternura. Necesitamos de personas tiernas y misericordiosas que desde niños nos eduquen en la cultura de la ayuda mutua. 

Sin duda esas actitudes y conductas que nos enseñan a cargar unos con los fardos pesados de los otros son las formas y estilos de vida que nos llevan a sentirnos felices. Hemos de aprender a enjugar lágrimas y sanar heridas. Esas actitudes son el “humus” donde reside la materia orgánica necesaria para que nuestra sociedad sea fértil en el surgimiento de personas felices. El escritor Pablo D’Ors hace un juego de palabras muy interesante entre Humor, Humildad, y Humanidad. Todas ellas, dice, se relaciona con la raíz “humus”. Es verdad: el humor, la humildad y la humanidad, al igual que el humus, nos proporcionan base orgánica para hacer más sana nuestra convivencia y para que todos seamos más felices.

José Luís Ysern de Arce

Psicólogo