Encuentro entre personas

¿Cuánto tiempo compartimos con la gente que de verdad nos importa? Esta es una pregunta que todos debemos hacernos. Comienza un año nuevo y es posible que mirando hacia atrás nos demos cuenta de que el año anterior lo hayamos pasado casi sin vernos con algunas personas buenas y queridas; no sería raro que hayamos vivido más tiempo pegados al teléfono, y ante la pantalla del computador y televisor, que en el cara a cara con nuestros seres queridos, amigos, colegas de trabajo, vecinos. Quizá nos hemos enviado muchos mensajes WhatsApp pero no nos hemos visto apenas para un encuentro distendido y cercano. Nos comen las prisas, no tenemos tiempo para nada, nos estresamos con facilidad, y al paso de los días es posible que nos demos cuenta de lo solos que estamos y de lo solas que hemos dejado a tantas personas que nos importan mucho.  

El término de un año y el comienzo de otro es tiempo propicio para revisarnos y enmendar rutas. Cuando en el imperio romano ganó terreno el cristianismo, la fecha que conmemora el nacimiento de Jesucristo en diciembre, sustituyó la antigua celebración del solsticio de invierno en el hemisferio norte. Los relatos evangélicos del nacimiento de Jesús están escritos al estilo de los relatos de la época que se refieren a personajes célebres: vienen acompañados de géneros literarios muy ricos en contenidos mitológicos, imágenes y figuras alegóricas, deslumbrantes leyendas, para transmitir así el gran mensaje que quieren revelar. Por eso al describir el nacimiento de Jesús dichos relatos nos hablan de ángeles anunciadores de la noticia a unos pobres pastores marginales, de estrellas que guían a Magos de Oriente portadores de regalos simbólicos de oro, incienso y mirra. Son relatos fabulosos para comunicar algo muy importante: el Dios de los cristianos está cerca de los pobres, es aliado de los marginados, guía el camino de todos aquellos hombres y mujeres de buen corazón, sencillos, que no se anquilosan en sus posiciones rígidas  sino que, abiertos al pluralismo y al diálogo como los magos de oriente,  están dispuestos a levantarse cada día en busca de nuevos caminos y gentes distintas; se acercan sin prejuicios a personas que piensan, hablan y actúan de otra manera. 

 Los relatos bíblicos de la Navidad, con su llamativo ropaje mitológico, son un canto al encuentro interpersonal, a la sencillez de vida, al abrazo fraterno con quien sea, de la etnia que sea y de la creencia que sea. Si celebramos en serio las fiestas de fin de año y de año nuevo – marcadas por el hito de la Navidad- hemos de  tener presente ante todo el mensaje central de esta celebración: el encuentro con el otro. El regalo que nos hacemos en Navidad y año nuevo significa algo muy bonito: tú eres importante para mí. Este presente que te ofrezco envuelto en papel de regalo no tiene valor por su coste físico o monetario, sino porque significa lo mucho que te quiero. Las luces, adornos, el árbol de Navidad de toda la vida, los fuegos artificiales de fin y comienzo de año, bienvenidos sean; pero siempre que nuestra celebración no se quede en las bagatelas externas. Muy pobre sería nuestra celebración si no llegáramos al núcleo central de su significado: con este abrazo del primer minuto del año te estoy diciendo lo importante que eres para mí, que te pido perdón por no habértelo expresado en forma oportuna, y que en adelante me comprometo a quererte más y cuidarte más.

Por eso me gusta mucho lo que dice el periodista Antonio Aradillas: “A nuestra Navidad le sobran eslóganes publicitarios, que dan la impresión de que la fiesta-fiesta lo es de modo especial para las firmas comerciales. Le sobran gastos y dispendios. Y frivolidades. Y préstamos y empeños con inclusión de los bancarios. Le faltan celebraciones auténticamente familiares: encuentros de padres, abuelos, hijos, nietos y hermanos alrededor de una mesa… Es cívico y cristiano aprovechar estos días para comer o cenar con los colegas, compañeros y amigos.” Y… ¿por qué no decirlo? Estos días de celebraciones de fin y comienzo de año son también propicios para la reconciliación entre las personas. 

 Feliz Navidad y año nuevo para aquellos que, después de algún desencuentro o agravio padecido, son capaces de darse el abrazo de la paz, mirándose a los ojos y respirando sentimientos de reconciliación y perdón.

José Luís Ysern de Arce, Psicólogo