Fracasar sí. Fracasado nunca

Érase una vez un águila esbelta y poderosa, de majestuoso vuelo y aguda vista, que lanzándose desde lo alto de su roquerío atrapó un corderillo del rebaño que sesteaba en el valle. Un grajo que presenció la escena, por envidia, quiso imitarla y superarla. Y, lanzándose con gran estruendo, se precipitó sobre un cordero de espesa lana. Enredadas sus garras en los mechones de lana del cordero, batía las alas sin poder elevarse, hasta que el pastor, percatado de lo sucedido, echando a correr, lo agarró y, habiéndole cortado la punta de las alas, al caer la tarde, se lo llevó a sus hijos. Al preguntarle éstos qué pájaro era ese, dijo: según yo sé con certeza, es un grajo; según cree él, un águila.

Esta es una conocida fábula de Esopo, aquel gran escritor de siglos antes de Cristo. Pero esta fábula es realidad en todos los tiempos, también en el nuestro. Nuestra sociedad nos enseña que tenemos que ser exitosos, que en todo tenemos que llegar a la cima, que no nos tenemos que dejar ganar por nadie, que tenemos que ser los mejores en todo. Ni la más ágil voladora de las águilas puede ganarnos en altura de vuelo ni en destreza para la caza.

Así, una persona que vive la experiencia del fracaso, especialmente cuando esta experiencia se repite, se siente fuera de onda, fuera de tono, fuera de su grupo próximo. Estas personas de su grupo, las que forman su entorno cercano, son precisamente las que están no solo esperando el éxito del amigo, sino las que le corean elevando expectativas, haciéndole creer que cuantos más éxitos logre y más alto sea el nivel de sus cargos y roles, más tomado será en cuenta, más aplaudido y vitoreado.

De esta manera son muchas las personas que viven un mundo de engaño y autoengaño. Se engaña a sí misma la persona que cree que para ser tomada en cuenta tiene que ir de éxito en éxito, sin jamás experimentar un solo fracaso, y se engaña a sí misma la persona que no se ajusta a su realidad o que desconoce su realidad. Todos estamos llamados al desarrollo pleno de nuestra personalidad, al logro de nuestra realización personal; somos llamados a fijarnos elevadas expectativas y metas exitosas. Pero también estamos llamados a aceptar dos grandes realidades: la verdad de uno mismo y la verdad del fracaso.

La verdad de uno mismo consiste en aceptar las propias cualidades, virtudes, aptitudes, destrezas; pero también los defectos, vicios, incapacidades, torpezas. Y hacerlo todo con la máxima sencillez, sin aspavientos ni arrogancias. Las personas sencillas son así: con la misma naturalidad aceptan todo lo positivo de su persona como todo lo negativo. No niegan ni una cosa ni otra. Dicen: esa persona soy yo, con mis luces y sombras. La ventaja de una persona así de auténtica es que, gracias a sus luces, cada vez va iluminando mejor sus zonas sombrías y las va superando. Es falsa humildad no reconocer las propias cualidades, y es vanidad no reconocer los propios errores.

La otra realidad que tenemos que aceptar es la verdad del fracaso. El fracaso existe. Nuestra vida está llena de éxitos y fracasos; negarlo sería lo mismo que no querer aceptar las evidencias. Muchas veces no hemos logrado lo que nos habíamos propuesto, a pesar de que invertimos en la empresa gran esfuerzo, motivación, empeño. El fracaso se pudo deber a que desconociendo quizá nuestras capacidades nos propusimos metas que no fueron realistas: el grajo fracasó porque quiso hacer lo que solo es posible para el águila.

Pero a veces el fracaso sucede también a pesar de que la meta era la adecuada al sujeto. Hay mil variables e imponderables que intervienen en el logro o no del objetivo propuesto. Lo importante es creer que el fracaso es una experiencia normal que no tiene nada que ver con ser un fracasado. El fracaso es una experiencia de vida que, si la sabemos asumir, nos enseña a luchar y nos ayuda a crecer; creerse fracasado es sentirse hundido para siempre en el fondo del pozo y dejarse abatir por la depresión y el pesimismo. La fracasada es una persona derrotada que no tiene interés por iniciar otra vez el vuelo que la lleve a nuevos horizontes. Sus sucesivos fracasos los ha vivido como derrota y no como experiencia de vida. Por eso felicitamos a tantas personas valiosas que jamás se sienten fracasadas a pesar de sus fracasos; luchadoras hasta el final.

 

José Luís Ysern de Arce

Psicólogo