Humildad y mucho más

No tiene buena prensa la humildad en estos tiempos. La sociedad invita a la vanagloria, a subir y escalar puestos, competir con otros para ser más que los demás. Ser humilde, sin embargo, equivale a ser persona sencilla, sin vanagloria alguna, de profunda vida interior, íntegra, y además persona muy feliz. Algunos confunden esta gran virtud con algo parecido a ser acomplejado, apocado, de baja autoestima, tímido, retraído, inhibido, pero no es así.

 La palabra humildad viene del latín “humus”: tierra húmeda de donde brota la vida; ese humus de donde por un lado surgen las raíces profundas que dan firmeza y base al árbol, y de donde por otro lado brotan los troncos y ramajes que hacen posible la flor y el fruto. Así es el hombre humilde, la mujer humilde: persona de gran fortaleza interior, profunda y firme, seria y veraz, en la que podemos confiar porque nos mira a los ojos y cumple su palabra. La persona humilde es auténtica, es como ella es. Por su mismo amor a la verdad es valiente, capaz de enfrentarse a las situaciones más difíciles, complejas y dolorosas que se presenten.

Así han sido los grandes defensores de la justicia que nos presenta la historia, capaces de dar la vida en defensa de los valores en los que creen. Los profetas bíblicos, los héroes que aparecen en muchas de nuestras historias patrias, son un buen ejemplo de lo que venimos diciendo. Si el lector/a de estas líneas vio aquella joya de película “Roma, ciudad abierta” de Roberto Rosselini, recordará la escena en que un cura y un trabajador comunista son apresados y torturados. El comunista, poco antes de morir recibe unas palabras muy consoladoras del cura: “no has hablado, no has delatado a nadie”. Más tarde también el cura morirá. El religioso y el militante comunista, desde formación y visiones distintas, viven sin embargo una realidad transversal: ambos apoyan la resistencia contra la ocupación nazi, son auténticos, y aman la verdad. Eso es ser humildes. Miguel de Cervantes en Coloquio de los perros afirma que “La humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, y que sin ella no hay alguna que lo sea. Ella allana inconvenientes, vence dificultades, y es un medio que siempre a gloriosos fines nos conduce; de los enemigos hace amigos,…”

Hay más. Esta humildad va de la mano de la gratuidad. En nuestra sociedad, donde parece que todo se compra y vende, muchas personas actúan por interés, hacen el bien a otro, pero esperan inmediata retribución; se enojan y enfadan si no son gratificadas en forma rápida por ese bien que acaban de ejecutar. Parece que más que pretender el bien del otro buscan su propio interés y sacar provecho de todo lo que llevan a cabo. La persona humilde, sin embargo, actúa con toda sencillez y bondad porque le nace, le sale de adentro, de su corazón transparente, sano y limpio, sin esperar nada a cambio; hace todo por amor y desde el amor. Suena raro esto, pero hay personas que actúan así y son muy felices. Existen muchas anónimas Teresas de Calcuta, creyentes y no creyentes, por todas partes.

La humildad va de la mano también de la acogida. La persona humilde es inclusiva y acogedora; al no mirar nunca desde arriba, al no creerse superior a nadie, al no ser arrogante, camina en la horizontalidad, al nivel del suelo; a nadie considera inferior, y por lo tanto a nadie margina o mira con desdén. A nadie deja bajo la mesa.

La persona humilde no es discriminadora. Por eso se siente bien con todos, y todos se sienten bien con ella. ¿Conoces a alguien que mire mal a las personas emigrantes que vienen de otro país? Seguramente estás ante una persona que no es humilde. ¿Tienes un amigo/a que desprecia a alguien por su distinta orientación sexual? Fíjate bien y te darás cuenta de que la persona que actúa así tampoco es humilde. ¿Te has creído a veces superior a otros a causa de tu nacionalidad, apellido, clase social, origen étnico? Quiere decir que tienes que revisarte en el tema de la humildad porque seguramente todavía te falta algo para llegar al nivel de las personas plenamente sanas de espíritu. Bienvenidos los humildes porque son auténticos, acogedores y libres.

José Luís Ysern de Arce

Psicólogo