La necesaria esperanza

Por supuesto que todos vivimos en nuestra vida momentos difíciles que quisiéramos olvidar, borrar; momentos que ojalá nunca hubieran ocurrido. Ese es nuestro deseo pero la realidad y la historia de nuestra vida es así. Querámoslo o no está llena de baches, obstáculos, piedras en el camino que nos sirvieron de tropiezo. Tiene razón Antonio Machado cuando en su Canto XXIX nos dice: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.” Razón tuvo también Joan Manuel Serrat al elegir este poema para una de sus mejores y más conocidas interpretaciones musicales. ¿Qué hacer cuando ya hemos andado aquel camino y hemos chocado en aquellas piedras de tropiezo? Pues no queda más remedio que levantarse y no volver la vista atrás; o si la volvemos, que sea solo para arrepentirnos de nuestros malos pasos, decididos a que esa senda nunca se ha de volver a pisar.

Aquí es donde ahora aparece en gloria y majestad nuestra querida esperanza; gracias a ella podemos levantar de nuevo la cabeza, curar nuestras heridas, tomarnos de la mano solidaria que nos ofrece ayuda, y seguir adelante con paso firme y a la vez humilde, sabiendo que somos frágiles y que podemos volver a caer, pues no somos seres perfectos. Esperanza y humildad se refuerzan mutuamente, van de la mano, son muy buenas compañeras y colegas, y constituyen buena vitamina para la persona que se beneficia de ellas. No hay verdadera esperanza sin humildad. La esperanza aparece cuando tú y yo somos sinceros, auténticos; cuando sin engaño alguno reconocemos nuestra caída, nuestros errores, y nos arrepentimos de verdad.

La esperanza es luz en las tinieblas, evita que nos quedemos en la noche profunda de nuestro desconcierto, impide que nuestra desilusión y pesimismo se apoderen de nosotros. El pesimismo es opuesto a la esperanza; si anida en nosotros de manera mórbida nos impide levantarnos, nos amarra al suelo y nos condena a permanecer en un lamentable estado de flor marchita. También Antonio Machado canta a la esperanza a pesar de sus tristezas vividas y sufridas: “Anoche cuando dormía soñé, ¡bendita ilusión!, que una colmena tenía dentro de mi corazón; y las doradas abejas iban fabricando en él, con las amarguras viejas, blanca cera y dulce miel.” Dios bendiga a los poetas que de manera tan bella saben decir cosas tan ciertas. Saben decir que puede haber miel a pesar de las amarguras viejas; o mejor dicho: que esas amarguras pueden transformarse en dulzuras si uno sabe asumirlas con paz, serenidad y quietud de espíritu. El “Nada te turbe, nada te espante” de otra buena escritora y mística como Santa Teresa de Jesús va en esa misma línea. Por eso la persona que vive bien la esperanza se levanta cada día con una fuerza liberadora en su corazón, fuerza que no se la arrebata nadie. Es más que el simple optimismo; este puede obedecer a un transitorio estado de ánimo muy fugaz: hoy es, y mañana no es. 

La esperanza tiene fuerza propia, sabe por qué luchar, levantarse y vivir. Es como un manantial de agua fresca que nace del interior y que a pesar de todos los pesares se va abriendo camino, irrigando de vida nueva hasta los misterios más recónditos de la personalidad. La esperanza nos da vida nueva: sin ella no podríamos vivir. Gracias a la esperanza podemos nacer de nuevo y comenzar una vida nueva y mejor. Por eso todas las personas que gozan de la esperanza se levantan siempre y buscan una vida mejor. Lo vemos en tantas personas que a pesar de los pronósticos que parecían contrarios, a pesar de las etiquetas prejuiciosas que la gente les colgaba, ellas se levantaron y nos demostraron que “otro mundo mejor es posible”, que otra persona nueva es posible. Tanto creyentes, como agnósticos y ateos, pueden encontrar ejemplo de este tipo de esperanza en muchas escenas bíblicas, especialmente del Evangelio.

¿Qué decir de esa mujer sorprendida en adulterio, condenada por la censura de los fariseos que se la dan de perfectos, y que le colgaron la correspondiente etiqueta? Al encontrarse con Jesús, esta mujer se encuentra también consigo misma, renace su esperanza, y vuelve de nuevo a la vida. La esperanza siempre halla un motivo para esperar, uno motivo para el cambio. Donde hay esperanza vuelve a brillar el sol.

José Luís Ysern de Arce

Psicólogo