La verdad y la paz se besan

Hay un salmo muy bonito –como la mayoría de los salmos- que dice que la justicia y la paz se abrazan y se besan, van de la mano. Es el salmo 85; en él se escucha la voz de alguien que agradece al cielo porque los cautivos han recuperado la libertad y regresan felices porque se sienten liberados de su culpa, se han sacado un peso pesado de encima. Son personas felices porque viven la experiencia de que la verdad las hace libres. Esto vale para la experiencia de cada uno consigo mismo, como para las relaciones con los demás. No engañarse a sí mismo, no engañar a los demás, y no dejarse engañar por nadie. Derrotar el mundo de las mentiras y apariencias.

Verdad, paz, justicia, son tres buenas amigas; se buscan la una a la otra, son inseparables, hacen fiesta al verse juntas, danzan, cantan, se abrazan y besan llenas de alegría.

Sin verdad y justicia es imposible la paz. Lo experimentamos cada día en la intimidad de cada uno y en la relación interpersonal, relación familiar, de amigos, y en la vida política. ¿No hemos sentido un gustillo muy agradable cada vez que hemos superado una experiencia ingrata porque nos enfrentamos a la verdad de los hechos y llamamos las cosas por su nombre? Se puede llamar a las cosas por su nombre y a la vez hacerlo sin ofender, con la máxima de las delicadezas. Recordemos por ejemplo aquella difícil situación vivida en la pareja que fue terremoteada por algún acontecimiento de infidelidad. Nada se obtuvo manteniendo la mentira y el engaño, y todo se ganó cuando se enfrentó la verdad con la máxima hidalguía, con humildad, en clima de diálogo, sabiendo pedir perdón cuando hubo que hacerlo.

Al contrario, cada vez que hemos sido poco sinceros, poco veraces tanto con uno mismo como con los demás, nos ha quedado un regustillo amargo, nada grato, en nuestro interior. Por eso el filósofo Miguel de Unamuno tenía una divisa para sí mismo muy precisa y concisa, que no todos entendieron en su momento: “Mi divisa es: primero la verdad que la paz”. Efectivamente, con mentiras y engaños no hay paz que valga. ¿Puede alguien sentirse en paz a la vez que se siente engañado, ofendido, manipulado? Volviendo al ejemplo de esa pareja cuya experiencia dolorosa impide que los integrantes vivan una relación feliz y en paz, solo podrán liberarse de dicho dolor cuando cara a cara, sin velos ni tapujos, sin engaños ni manipulaciones, sean capaces de llegar a la verdad pura y desnuda de la causa que los aflige.

Sí, es cierto, hay varias alternativas: en la primera es posible que al enfrentar la verdad profunda lleguen a conocerse mejor, perdonarse mejor, amarse más y mejor, y que a partir de aquella crisis superada porque abrazaron la verdad, ahora se dé en ellos también el abrazo del amor mucho más auténtico que antes. La otra alternativa es que al enfrentar la verdad del hecho que los aflige lleguen a la conclusión, dolorosa pero verdadera, de que “no estamos hechos el uno para el otro”. Doloroso será reconocerlo, pero mucho más doloroso sería mantener una relación falsa, basada en la pura ficción. Ahora, al constatar que no son el uno para el otro, también serán capaces de otorgarse el perdón que libera, y cada uno seguirá su camino en paz, aunque por distintos rumbos.

Nuestra vida personal y social se construye en la verdad, la paz, la justicia. En nuestro mundo estamos ansiosos de construir una sociedad donde estos valores aparezcan a primera luz del día. No siempre los vemos relucir. Son muchas las situaciones conocidas por todos nosotros donde verdad, justicia y paz brillan por su ausencia. Es urgente cambiar de estilo. No habrá verdadera libertad, felicidad, respeto a la dignidad de las personas, especialmente de las más débiles y necesitadas, mientras no veamos cómo verdad, justicia y paz se besan y se abrazan en cada una de las instancias e instituciones de nuestra sociedad.

Hago mías las palabras de sor Evelyne Franc cuando recibió el premio Príncipe de Asturias:

“Nuestra sociedad anhela vivamente un mundo sin fronteras, un mundo donde no existan barreras entre los que tienen y pueden y los que están desprovistos de todo. Cada vez más nuestros contemporáneos, especialmente los jóvenes, sienten la urgencia de edificar un mundo nuevo, más solidario, fruto de la globalización del amor. Un mundo nuevo, una familia de pueblos que comparten equitativa y solidariamente los bienes de la Tierra, destinados a todos los hombres.”

José Luís Ysern de Arce

Psicólogo