Metamorfosis, de la patología a la alegría

En un universo lúgubre y distante, habitaban unos seres cilíndricos y larvados de tóxica disposición hacia la vida, todos ellos sometidos a arrastrarse, reptar y deslizarse muy lentamente, sin poder levantar la mirada, repitiendo una y otra vez sus monótonas acciones, ideas y expectativas; sin poder contemplar ni proyectar las posibilidades de su mundo circundante; pues sus innumerables patas estaban atadas a una condición que ellos no pudieron elegir, pero que tampoco podían cambiar porque había otros seres que no querían que aquello cambiase. En ese remoto cosmos alguien les convenció que no podían ni les convenía imaginarse distintos y que lo mejor para ellos era seguir siendo los mismos de siempre; que evitaran por todos los modos posibles ser crisálidas porque no había nada más enfermizo, egoísta, improductivo y feo que una mariposa…

Hoy, escribo desde la calle, específicamente desde una banca, centenares de personas desfilan frente a mis ojos, caminan con carteles cuyas consignas implican la necesidad de una metamorfosis; cuyos gritos imprecan y declaran una lucida conciencia de ignominia; escucho voceos de indignación, rabia e impotencia, risas sardónicas e ironías por montón; algunos espontáneos y otros programados desde la plataforma de varios dispositivos panfletarios, según el stand de fanatismos de turno. Pero también veo risas, bailes, canciones, caras pintadas, abrazos, colores, etc. Eso que no se agendó en ningún cuartel, que brotó inevitablemente porque es el estado inexcusable que nos ha sido vedado desde siempre. Pero ahora, veo la vida como nunca la había visto, en los gestos, las facciones, las miradas, palabras, etc.  Percibo vida en la calle, en ese sendero cuyo único valor había consistido hasta ahora en sólo ser tránsito de un lugar a otro, una especie de puente, un paso, una simple conexión entre el agobio y el vacío, pero lo que veo al presente es un espacio dialógico-amoroso donde converge el encuentro de personas que se reconocen mutuamente, como sujetos y no como los objetos al uso de los diseñadores de este dispositivo social.

De súbito todo floreció; la falsedad quedó al desnudo, y surgió esa vida que nos habían amputado y mutado con la prótesis del exitismo; descubrimos que estábamos enfermos, con esa peste de jornadas laborales inhumanas encendidas con la engañosa idea de la autorrealización;  alcanzamos la certeza de que estamos infectados, con ese veneno inoculado desde la infancia, ese denominado jornada escolar completa, esa que ha castrado el espíritu de un pueblo, de toda una generación, de una sociedad que muere sin morir, en esa que es la peor de las muertes.

Intempestivamente el tiempo saltó el corral del rendimiento económico, dejó de ser eficacia y productividad, para ser juego, ocio, conversación, derroche…  No se veían cuerpos agotados que por inercia se dirigían al descanso; sino que se veían seres dinámicos y vigorosos, compartiendo, siendo padres, siendo hijos, siendo amigos, siendo niños, siendo ciudadanos, siendo calle, siendo comunidad; se recuperaron los espacios, los momentos y los encuentros para que la vida celebrara una fiesta, esa que está más allá del ocio programado por la industria vampírica que nos engaña con sus múltiples sucedáneos.

De pronto la vida germinó exuberante; rompió los diques económico-políticos que la contenían; desafió represas y represores, y fluyó con  cauce propio; develando en este devenir el modo zombi que nos carcome y nos degenera de antaño; pero también dando a luz en el acto, la posibilidad de lo distinto, de un espacio transversal, de un lugar inclusivo, de un tiempo sin tiempos, de seres sin edades, de propietarios sin propiedades más que la posesión de si mismos en ese hermoso trance de un presente presente; florecieron las sonrisas, germinaron los bailes, afloraron los juegos y cantaron los verbos para interpelarnos por nuestro desprecio domesticado hacia ella, empujándonos a un vitalismo libertario, alegre y sanador que comenzó a dar a luz por fin nuestro medio día.

Ese día las orugas se cansaron de serlo; ese día comenzaron a  ver sus propios colores, comprendieron que eran hermosas; aprendieron a volar y vieron que el pequeño mundo que les habían definido era su miserable finitud, su propio límite mental; ese día ellas entendieron que podían polinizar un sinnúmero de mundos posibles, ese día conocieron la sonrisa; ese día supieron que no estaban condenadas a repetir siempre el mismo repertorio. Ese mismo día, las ex orugas, ahora mariposas, creyeron escapar de  las jaulas…

Victor Manuel Massei

Filósofo