Mi hijo(a): ¿Un(a) rebelde CON causa?

No es poco común que conductas asociadas coloquialmente a la ‘rebeldía’ aparezcan en hijos e hijas, en donde si bien éstas pueden surgir en cualquier etapa de su desarrollo logran ser más visibles una vez iniciada la pre adolescencia, esto es, a partir de los 11 años de edad.

¿A qué nos referimos con conductas “rebeldes”?

Es el término coloquial con el cual referirnos al desafío a la autoridad, ese momento en que hijos e hijas no obedecen las peticiones, cuando responden con gritos y una actitud desafiante a los llamados de atención, cuando pueden incluso llegar a ser agresivos y lo que es peor, cuando incurren en consumo de sustancias (alcohol y drogas) y a mantener conductas delictivas; ese momento en donde los padres ya no saben cómo educar la conducta de sus hijos es al que suelen llamar “rebeldía”.

En ediciones anteriores se ha hablado del impacto que las situaciones de maltrato tienen en los niños, niñas y adolescentes, y es por ello que hoy hablamos de los ‘rebeldes CON causa’.

Sabido es que todo acto fue precedido por otro y, cuando conductas como las antes descritas aparecen no son más que la externalización de un historial de vulneraciones a las que han sido sometidos. Pensemos un poco, si tenemos un hijo agresivo con problemas conductuales en el colegio,  que está con frecuencia envuelto en riñas con pares y que suele ser desafiante en casa y con sus profesores ¿será que en algún momento de su desarrollo, como padres también lo agrediste? ¿Será que de pronto hizo una travesura como cualquier niño o niña y tuviste que castigarlo con fuertes gritos y un par de golpes? ¿Será que en casa se acostumbró a oír gritos entre sus padres e incluso a ver agresiones físicas?.

Muchas veces no es sólo este tipo de entornos los que condicionan una conducta de rebeldía, sino que también la percepción de soledad que bien puede estar aunada al maltrato físico pero que también puede presentarse junto al maltrato por abandono y negligencia; es el caso de aquellos padres centrados en el trabajo u otros aspectos de la vida, en donde la cercanía afectiva pasa a un segundo o tercer plano familiar; pues es esta percepción de soledad y abandono la que también puede generar sentimientos de rabia, frustración y angustia que finalmente desencadenan en un desafío hacia la autoridad, entonces alcanzada cierta edad los padres ya no son una figura a quien respetar ya sea por su ausencia total o parcial durante el desarrollo del hijo o bien, porque lisa y llanamente como adultos también incurrieron en muchas faltas de respeto hacia sus propios hijos e hijas, entonces ¿qué esperamos?.

La crianza es más que sólo dejar que los hijos(as) crezcan, pues significa acompañarlos y guiarlos con amor en cada etapa de sus vidas, y es precisamente cuando ello no ocurre que surgen las manifestaciones de rebeldía, es por esto que sí, siempre existen causas.

Pero ¿Qué hacer entonces cuando estas conductas aparecen? Ciertamente es más difícil erradicarlas una vez se han manifestado, es decir, si no logramos conformarnos como una figura de autoridad para nuestros hijos e hijas durante su infancia, aún más difícil lo será durante su pre adolescencia y adolescencia, siendo en ocasiones necesario para ello el acompañamiento de profesionales externos.

Prevenir antes que lamentar

Claramente es mejor anticiparnos a estas conductas y mantener estilos de crianza saludables que eviten en un futuro la aparición de conductas inadecuadas en nuestros hijos y lo que es peor, una percepción de soledad y sentimientos de angustia en los mismos que muchas veces los impulsan a incurrir en acciones de riesgo, consumo de sustancias, conductas delictivas y autolesivas que incluso pueden llegar al suicidio. Evitemos que esto ocurra y comprendamos de una vez por todas que la crianza, educación y conducta de nuestros hijos e hijas es responsabilidad de los padres y/o cuidadores permanentes desde el momento en que nacen; no de la escuela, no de los amigos(as), no de la televisión ni de la sociedad en su conjunto sino que de los padres, pues el entorno menos próximo podría ser hostil; pero es en casa en donde se marca la diferencia.

Angélica Albornoz Lillo

Psicóloga