Pololeos fusionados

Al inicio lo vemos como algo simpático. Son los primeros acercamientos de nuestro hijo al mundo del estar en pareja. Corazones en los cuadernos, espionajes sencillos en las redes sociales,  ruborización máxima al abordarles el tema. Vienen entonces los primeros pasos. El reconocimiento de una incipiente relación, los permisos controlados, las infaltables charlas express de sexualidad y responsabilidad… Pero de pronto, nuestro hijo (a) crece. Está pololeando. Su conducta cambia. Vive abiertamente la incipiente relación, la reconoce en su Instagram, fotos, frases amorosas…. Luego, la ausencia. Muchas horas encerrados en la pieza, su puesto despejado en la mesa a las horas de comida y encuentro familiar, ya no participan de las actividades familiares y claro, el pololo (a), comienza poco a poco a integrarse al núcleo más íntimo de la familia.

Hasta aquí, todo bien. Estamos frente al claro inicio de la vida afectiva de pareja de nuestro hijo (a). No obstante, al poco andar, comenzamos a ver que los amigos que antes iban a la casa, ya no van. Vemos como el círculo social de nuestro adolescente favorito decae y aumentan ostensiblemente la cantidad de horas que comparten en pareja. Nos transformamos en testigos de un fenómeno bastante preocupante: Un pololeo fusionado.

Los pololeos fusionados marcan una tendencia en parejas adolescentes, que sin que necesariamente sea nocivo, nos resulta preocupante por  toda la energía que vemos que nuestros hijos invierten en la relación. 

Como papás, nos llenamos de temores. Nos atormenta la idea de un hijo depresivo al máximo ante la probabilidad de un quiebre o una pelea. De hecho, seguramente, ya hemos sido testigos de alguna discusión entre ellos y de los categóricos cambios de humor que se instalan en su conducta. Nos aterra el que no sepan manejar los bemoles de una relación de pareja tal cual los adultos las entendemos (aunque muchos adultos, hay que decirlo, siguen viviendo sus relaciones en formato adolescente).

Lo cierto es que en este periodo clásico del desarrollo emocional de nuestros hijos, el acompañamiento de los padres o de las figuras potentes de referencia, es crucial para poder guiar de manera sutil y generosa los formatos relacionales de pareja que recién incorporan. Las conversaciones con ellos deben ser sin embargo cuidadosas. Una de las peores cosas que podemos decirle a un adolescente es que la relación en la que está en realidad no es importante. Que pasará. Que en la vida hay muchas otras personas por conocer. Cuando le digo esto estoy haciendo una desvalorización absoluta de su relación, estoy enviando el mensaje de que lo que está viviendo no es importante y que su relación es pasajera. No obstante, los adolescentes viven estas relaciones con absoluta intensidad y por lo tanto para ellos si se trata de lo más importante del mundo.

Hacerles ver a nuestros hijos, por medio de un ejercicio lógico, que la vida está compuesta de otras cosas además de la vida en pareja es algo que si podría ayudarnos. El mostrarles que al menos su vida está compuesta por cuatro dimensiones; La familia, los amigos, los estudios y claro, la pareja. Hacerles ver que en el equilibrio de tiempos y afectos en cada una de estas cuatro dimensiones está la seguridad de que ningún sufrimiento será tan grande,  es una acción clave para comenzar a generar en nuestros hijos la conciencia clara de que en la vida nunca se deben poner todos los huevos en la misma canasta y que por tanto la consecución de equilibrios es algo que garantiza de mejor manera la felicidad.

Más allá de todo, los primeros quiebres de pareja que vivan nuestros hijos serán vividos de manera desgarradora. Ellos viven las relaciones de manera idealizada y por lo mismo las decepciones son vividas intensamente.

Samuel Jiménez Letelier –Psicólogo

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