Canto a la vida y a la amistad

Invito y animo a mis amigos lectores a ver la película “Campeones”, del director Javier Fesser, porque la van a gozar como la gocé yo. Se estrenó en España este año 2018. 

El protagonista, Javier Gutiérrez, señala cosas muy interesantes cuando responde a una entrevista después del estreno. Representa la opinión de todos aquellos que se refieren a las personas con alguna deficiencia o disfunción mental tratándolas despectivamente como “anormales”, “subnormales”, “tarados mentales”, y otros apelativos despectivos. Un actor como él nunca había imaginado que un día le tocaría actuar de protagonista en una película donde la mayoría de los actores pertenecerían a ese grupo de personas. Y es que los actores que aparecen en la película “Campeones” no actúan en ficción, no son intérpretes profesionales, sino que todos ellos son jóvenes que viven una verdadera discapacidad en la vida real. Con estos jóvenes, todos ellos con problemas funcionales de distinto tipo, Javier Gutiérrez -quien sí es actor profesional- organiza en la película un equipo de básquetbol  con la gran motivación de llegar a ser campeones. En la entrevista aludida anteriormente, este actor dice que lo que vivió con esos jóvenes durante la filmación de la película fue “un canto a la vida y a la amistad… No es un papel como cualquier otro: es una película muy especial en la que gano una experiencia vital y, además, amigos para toda la vida”. Nunca se imaginó el gran impacto que se iba a producir en su vida a causa de la relación con  estos jóvenes, a los que todavía algunas personas consideran como “subnormales”. 

Cuando vean los lectores la película se darán cuenta de la capacidad de superación, amistad, y desarrollo de exquisitos valores, que existe en estas personas que a veces miramos con cierto desdén o con lastimera compasión; verán también la cantidad de prejuicios que en nuestra sociedad hemos desarrollado respecto a la población de personas discapacitadas o con algún tipo de funciones disminuidas. En “Campeones” se nos presenta descarnadamente la realidad de una sociedad proclive a pegar etiquetas, crear tabús, desarrollar mitos y prejuicios, rechazos. A su vez nos anima a cambiar de mentalidad y empezar a construir una sociedad donde la inclusión y la aceptación sea la norma general. Debemos preguntarnos qué entendemos por normal y anormal en esta vida. ¿Quién puede presumir de normal? ¿Quién es más normal o más anormal? ¿Por dónde pasa la línea divisoria entre el normal y el anormal? Al terminar de ver la película puede ser que alguien se pregunte, como me pasó a mí, si acaso la normalidad va de la mano de la felicidad; y si es así, si resulta que podemos considerar como persona más normal a la que es más feliz, no cabe duda de que hasta podremos sentir envidia de estos jóvenes disfuncionales del equipo de campeones; disfuncionales, pero muy felices. Más importante es que no seamos hipócritas, que seamos más abiertos de mente y más amplios de criterio, y hagamos que nuestra sociedad sea más inclusiva de lo que es. Es bueno que aprendamos a tratarnos entre todos de igual a igual. Hay personas que se consideran normales porque no son conscientes de la discapacidad que padecen: no son capaces de tomarse la menor molestia para aprender el modo de incluir al otro -al llamado “discapacitado”- y buscar la mejor manera de comunicarse con él. Ha llegado la hora de que todos, con la máxima honradez, nos hagamos una revisión interior para preguntarnos qué pasa con el entorno que rodea a estas personas con distintas capacidades o con alguna disfunción.

Me refiero no solo al entorno inmediato de la familia sino al entorno físico, social y cultural en general. Es urgente desarrollar una cultura general mucho más inclusiva e igualitaria para que ni los “disfuncionales” ni los “funcionales” se consideren extraños unos a otros. Hay que acabar con todo tipo de barreras para los grupos de personas con diversidad funcional; me refiero no solo a las barreras físicas. Los especialistas en estos temas afirman que cuando una persona cuenta en forma permanente con los apoyos adecuados, su vida mejora, independientemente del grado de discapacidad que presente. Si empezamos esta educación desde nuestra infancia en las familias, y la mantenemos con firmeza en las escuelas y colegios, es seguro que podremos llegar más temprano que tarde a esa sociedad inclusiva a la que tanto aspiramos. Sociedad, no me cabe duda, de gente más sencilla, más espontánea y natural, más feliz.