Discípulos del amor

En la literatura universal podemos encontrar textos muy interesantes que de alguna manera nos ayudan a ver cómo son las personas amorosas, y cuáles son sus características. Personas que cada día aprenden y practican más y más acerca del amor. Son hombres y mujeres cuyo aprendizaje amoroso no termina nunca y por eso las llamamos discípulos del amor. En Víctor Hugo, en Cervantes y Shakespeare, en el gran Aristóteles, y desde luego en la Biblia, encontramos expresiones felices en esa línea del discipulado del amor. Hay una joyita imperdible en el profeta Isaías (50, 4s) que dice así: “El Señor Yahveh me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos; el Señor Yahveh me ha abierto el oído. Y yo no me resistí, ni me hice atrás.” Por ahí va el aprendizaje del amor: saber escuchar, saber mirar, saber hablar. Saber escuchar. No es fácil aprender a escuchar; no es lo mismo que oír como quien oye llover. Escuchar bien es un gesto de amor; supone darse tiempo para entrar en el tiempo y espacio del otro y ponernos en sus zapatos. Escucharte significa que en este momento no hay otra cosa que me interese más que tú, y por eso estoy dispuesto a palpar tus palabras, tus gestos, tus gozos y esperanzas, pero también tus lágrimas y llantos. Saber escuchar es una actitud de empatía profunda que va más allá de las palabras; puede el afligido permanecer en silencio a causa de la propia situación anímica en que se encuentra, pero la persona amorosa le “escucha” y entiende muy bien todos esos clamores que gritan desde el silencio. Por eso nos conmueve la persona del Jorobado de Notre Dame que aparece en la literatura de Víctor Hugo: es un hombre muy feo y deforme, de figura repelente, a la vez sordo, pero es el único que sabe escuchar el sentimiento de la gitanilla Esmeralda, injustamente condenada, y es el único que sale valientemente en su defensa. Sí, por fuera este jorobado es un hombre deforme y contrahecho, pero por dentro lleva un lindo corazón de discípulo siempre dispuesto a aprender, sencillo, solidario y amoroso. La sordera externa no impide la escucha atenta en las personas que saben amar. 

Saber mirar. El discípulo del amor también sabe mirar. En una ocasión, en el metro de Madrid, una mujer extranjera me hizo una consulta relacionada con alguna de las combinaciones y trenes que mejor la llevaran a su destino; observando letreros y mapas le daba las explicaciones del caso para orientarla, cuando de pronto escucho a mi lado la voz de alguien que me corregía en forma muy clara y asertiva; alguien que orientó a la extranjera y a mí con indicaciones fáciles y exactas. Este interlocutor espontáneo era un ciego. La sensibilidad solidaria de este hombre ciego le permitió sin embargo suplir con creces su ceguera física para poder mirar con los ojos de la mente y corazón. Desde esa mirada se perciben mejor las necesidades de los demás y podemos salir en ayuda del otro. Con razón Saint-Exupéry, haciendo hablar al zorro en su libro El Principito,  nos dice que solo se ve bien cuando se mira desde los ojos del corazón. Saber mirar supone ponerse en la perspectiva y el lugar del otro; no se ven las cosas de la misma manera desde todos los ángulos. El discípulo del amor da por hecho que no todas las personas piensan igual ni tienen los mismos esquemas mentales, existenciales, sociales. La persona que aprende a amar es una persona que aprende  a mirar de frente, a los ojos, con respeto; no impone las propias visiones y comprende la cosmovisión del otro. 

Saber hablar. El discípulo del amor es también una persona que sabe hablar. Habla después de escuchar y mirar. No habla por hablar; sus palabras no son como quien habla a tontas y a locas sin ni siquiera saber lo que dice. Por lo mismo, también sabe hablar desde el silencio. El silencio oportuno es muy locuaz y es mucho más comunicativo que el torrente de muchas palabras que aturden. Los discípulos del amor saben hablar a tiempo y callar a tiempo. Su palabra es la justa y necesaria para levantar al caído y animar al desanimado. Bienvenidos sean estos hombres y mujeres que saben escuchar, saben mirar y saben hablar. Son los discípulos del amor muy necesarios en nuestra sociedad.

José Luís Ysern de Arce

Psicólogo