El amor puede más

El amor puede más

Personas que saben de temas sociales dicen que el mes de marzo siempre es complicado para muchas personas en Chile porque significa el comienzo de la vida ordinaria después del verano. Muchas personas y familias regresan a sus lugares de siempre después de las vacaciones, comienza la vida escolar, todo vuelve a su marcha normal. ¿Normal? He ahí el problema: algunos dicen que este año no habrá normalidad, y que nuestro otoño puede ser un otoño muy “caliente” y anormal.

Sin embargo, si somos hombres y mujeres de esperanza, luchadores firmes por un mundo mejor, mundo donde haya más justicia, igualdad, respeto por la dignidad de todos, las cosas serán muy distintas. El secreto está en el amor que pongamos en todo lo que hacemos; el amor puede más que todas las otras fuerzas por poderosas que parezcan. No hay fuerza más grande que el amor; el amor lo puede todo. 

Hablamos mucho de amor, la palabra aparece en mil discursos, canciones, poemas, signos, dibujos y pintadas, pero no siempre vivimos lo que en realidad esa palabra significa. Sí que lo sabe ese buen padre de familia que lleva años de una vida esforzada, trabajando sin descanso por el bienestar de su familia, a pesar de un sueldo miserable. Admiramos a ese hombre porque a pesar de ser consciente de la injusticia social de la que es víctima, no se amarga, no odia a nadie, no acumula sed de venganza contra nadie, pero tampoco se queda dormido dejando que las cosas sigan como están. Al contrario: lleno de ilusión, asume iniciativas de superación para sí mismo y para los demás. Se asocia con otros tan sanos de mente y corazón como él, y emprende con ellos todo lo que sea necesario para acabar con las injusticias y construir el mundo nuevo que espera. 

También sabe de amor esa mujer sencilla, maestra por vocación, que enamorada de su profesión docente, se preocupa de sus niños, les enseña con amor, y cada día prepara con primor infinito los temas y materiales que necesita para una mejor pedagogía, siempre más eficiente y adaptada a la realidad de sus alumnos. Mujer maestra, imagen de nueva Gabriela Mistral, que lidia contra viento y marea -viento y marea que viene a veces de la incomprensión de algunos padres- para educar de la mejor manera que en cada momento sea necesaria. 

El amor no es algo dulzón y almibarado; es el gran motor de nuestra personalidad. El amor posee tanta fuerza que es capaz de vencer cualquier dificultad y violencia que se le ponga por delante; es más fuerte que la muerte, dice la Biblia. Muerte es lo que no nos deja surgir ni desarrollarnos, lo que limita nuestras posibilidades de vida mejor; muerte es el afán posesivo de muchas personas, el afán de poder, dominar, acaparar y controlar. Contra todo eso va el amor. 

El hombre y la mujer que aman son personas humildes, pero no sumisas; son personas mansas, pero no tontas; son personas dialogantes, pero no estúpidas; son personas siempre pacíficas, pero no apocadas ni cobardes. El amor construye vida nueva, no es posesivo sino liberador; las personas que saben amar nunca se convierten en dominadoras de nadie ni en poseedoras de nadie; el amor es libertad y construye libertad. 

Si los chilenos queremos, si nos lo proponemos de verdad, podemos construir un Chile más justo, con más respeto a las personas, con mejor bienestar para todos. Podemos construir un país donde todos nos miremos a los ojos sin miedos ni rencores. Si ponemos amor en todo lo que hacemos, la rabia que durante años hemos acumulado la transformaremos en motor para la noble lucha por las causas justas que nos apremian. 

El amor es constructivo, el odio es destructivo. El amor es la energía de los valientes, el odio es el tóxico de los cobardes. El amor nos lleva a estrecharnos las manos para construir; el odio nos lleva a la violencia para destruir; destruye todo lo que encuentra, también a las personas. En el Chile de marzo apostamos por la cultura del encuentro y no del desencuentro; nos mueve el amor, un amor que nos empuja a buscar el espíritu de fraternidad, necesario para construir el Chile nuevo que deseamos.

José Luis Ysern de Arce.

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