El ser más con menos

Muchos lectores recuerdan a Mahatma Gandhi, aquel gran líder de la independencia de la India frente al dominio británico. Todo lo hizo sin violencia, sin disparar un tiro ni levantar vallas con alambres de púas, no hizo barricadas ni lanzó piedras ni insultos, sin embargo su desobediencia civil no violenta, bien pensada y bien dirigida, derrotó las fuerzas de aquel imperio extranjero que dominaba en su país. Era hombre de “Alma Grande”, Mahatma. La característica de Gandhi, hasta el día de su muerte a manos de un asesino fanático, fue la austeridad. Cualquiera que entrara a su “choza”, quedaba admirado por la sobriedad que reinaba en ella. Esa casa, llamada “choza” por Iván Illich, era un hogar, un verdadero hogar donde todos se sentían acogidos; se sentían en “su” casa. Era de una sencillez máxima; todo en ella era lo justo y necesario para que sus habitantes pudieran vivir con dignidad. Ningún lujo, ningún mueble de más, ningún objeto fuera de los estrictamente necesarios. La sobriedad, la sencillez más pura y pulcra reinaba en esa casa, y por lo mismo, todas las personas que ahí acudían se sentían tan bien y tan acogidas. 

La experiencia de este gran hombre, al igual que la de tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia, demuestra que se puede ser más persona con menos cosas. Hoy no es eso lo que nos predica nuestra sociedad de consumo. Nos dicen que es bueno que tengamos más cosas, mejores vehículos, más posesiones; nos piden que llenemos la casa de tantas cosas como podamos adquirir. Y así no nos damos cuenta de cómo cuantas más cosas tengamos, más esclavos nos haremos de las mismas y perderemos libertad. Nos hacemos esclavos de nuestro propio consumismo. Observe cada uno lo que le ocurrió cuando tuvo que cambiar de residencia: encontró muchas cosas que guardó por si en alguna ocasión tenía necesidad de ellas, y ahora, al hacer limpieza, se dio cuenta de que estaba lleno de cantidad de objetos inservibles, cajitas, trastos y artefactos, que nunca utilizó y que solo ocupaban espacio inútilmente. 

Tenemos que aprender a ser sobrios; la sobriedad es necesaria y nos hace bien. Es una virtud saludable en todo tiempo y lugar; nos ayuda a ser sencillos. Aunque no esté de moda la tenemos que promover. Por supuesto que si hablas de este tema en algunos ambientes puede ser que te consideren como persona algo rara porque estas ideas no van a tono con lo que se impone en la publicidad y modo de vida de hoy. Nuestra cultura nos empuja a tener más cosas, más autos, casas, propiedades, últimas tecnologías, más viajes y más caros. Pero es seguro que al hablar de una vida más sobria también te encontrarás con personas que estarán de acuerdo contigo. Si con perseverancia llevamos a cabo un trabajo de concientización, de opinión persona a persona como hizo Gandhi con su no violencia activa, seguro que encontraremos eco y lograremos el efecto de la ola creciente. 

Aprender a ser sobrios es aprender a vivir mejor y más felices con menos cosas, menos gastos, más ahorro y más ayuda solidaria. Se trata de ser sobrios, no tacaños, mezquinos, ni avaros. A la persona sobria le nace también ser generosa, ayudadora, amorosa, solidaria. Es persona sencilla, al alcance de la mano, siempre lista para echar una mano. Su manera de vivir con templanza, frugalidad, y más sencillez, la invita a mayor plenitud; de ahí que se sienta más feliz y contagie su felicidad.

Es claro, es cierto, y está comprobado a lo largo de la historia, que para crecer personalmente y realizarse como persona no es necesario consumir más sino amar más. Es la riqueza del corazón la que nos enriquece y no la riqueza en cosas materiales. Esta última nos empobrece y achica porque nos hace esclavos, dependientes de las cosas, poco libres. La experiencia lo enseña: tener más y consumir más, puede llevarnos a ser menos felices y menos íntegros. Es bueno aprender a hacer algunas renuncias para lograr bienes mayores en cuanto a desarrollo personal y para nuestra mejor relación interpersonal. 

Abstenerse de algunas cosas y ser sobrios nos hace ser mejores personas. Esto supone una educación adecuada; no lo aprendemos por arte de magia de la noche a la mañana, pero sí se puede lograr cuando desde niños, los padres, con su lenguaje y actuar, inculcan en sus hijos la maravilla de una vida sencilla y sobria.

José Luís Ysern de Arce

Psicólogo