El sesgo de supervivencia

El sesgo de supervivencia

En completo silencio los diez tripulantes descendieron del Boeing B-17 Flying Fortress, posado hace pocos minutos en la pista de Peterhead, al este de Escocia, en donde tenía su base el 164° Escuadrón de la RAF.

El bombardero comandado por el capitán William Cleaver y escoltado por una escuadrilla de cuatro Spitfire volaba sobre el Mar del Norte, cuando repentinamente de entre las nubes se dejó caer sobre ellos una bandada de Messerschmitt que en instantes transformó el cielo en un infierno. Superados ampliamente en número y mientras los Spitfire daban feroz resistencia, Cleaver decidió iniciar una maniobra evasiva. A duras penas logró escapar, no sin antes recibir numerosos impactos en su fuselaje. Los cazas no tuvieron igual suerte y lo último que se alcanzó a ver fueron sus estelas de humo desapareciendo en las gélidas aguas del Atlántico.

Luego de aterrizar, el averiado avión fue llevado a un hangar en donde un grupo de hombres lo revisó detenidamente. Portaban unas hojas con la silueta de un avión dibujada y sobre ella marcaban con un punto rojo la ubicación de cada uno de los impactos que recibió la nave.

En plena Segunda Guerra Mundial, la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, controlaba el espacio aéreo de todo el oeste de Europa, contando para ello con aviones modernos para su época, probados en conflictos bélicos reales y pilotados por personal experto, situación completamente opuesta a la aviación aliada, la cual contaba con aviones menos avanzados y con tripulantes sin experiencia de combate.

Los fabricantes aplicaron entonces sus mayores esfuerzos para desarrollar y construir nuevos aviones fáciles de producir y en gran cantidad, pero el mayor problema lo presentaban los bombarderos, los cuales ostentaban las mayores bajas debido a que por su tamaño y lentitud eran particularmente vulnerables al fuego enemigo. Por otra parte, la caída de cada bombardero significaba la pérdida de 8 a 10 tripulantes, muy superior a la pérdida de 1 o 2 que pilotaban un avión caza, además que la fabricación de un bombardero era muy lenta y cara.

Era clara la urgencia por desarrollar aeronaves más resistentes, pero la lentitud del proceso de diseño, construcción y formación de las nuevas tripulaciones, obligó a buscar una alternativa complementaria, consistente en instalar refuerzos pero solo en partes específicas de los aviones, ante la imposibilidad de blindar todo el aparato, lo cual incrementaría enormemente su peso e imposibilitaría el vuelo.

Para determinar cuáles eran las secciones que debían blindarse, se implementó un sistema de recolección de datos como el que fue aplicado al avión del capitán Cleaver, las misteriosas hojas con puntos rojos.

Luego de recopilar esa información de todos los bombarderos que llegaron a su base con impactos en su fuselaje, se configuró un plano que indicaba los lugares donde los aviones recibían la mayor cantidad de impactos, determinando finalmente que era las puntas de las alas, el cuerpo central del fuselaje y los timones de cola.

Esa información iba a ser enviada a los fabricantes para que blindaran precisamente esas áreas, cuando apareció un señor llamado Abraham Wald que discrepó completamente con el proceso y dejó perplejos a los analistas la Universidad de Columbia a cargo del estudio, entre ellos varios expertos de renombre en matemáticas y estadística.

Para Wald, matemático rumano, autor de importantes contribuciones a la teoría de la decisión, la geometría, la economía y fundador del análisis secuencial, algo no cuadraba y ante la obviedad de los datos recogidos, él afirmó que éstos no eran ciertos y que el punto de vista debía ser diametralmente opuesto: si aun cuando un bombardero recibe impactos en esas zonas es capaz de llegar a la base, es que esa zona es resistente y que las partes a reforzar son las otras, las que no estaban marcadas con impactos.

Era claro; como no se consideraron los aviones que no lograron llegar a la base, no se dibujaron impactos en la cabina del avión, pero si un avión pierde sus pilotos difícilmente llegará a la base. No se dibujaron impactos en los motores, pero sin ellos el avión no vuela. No se dibujaron en la parte trasera del fuselaje, pero por ahí pasan los cables de los timones de dirección. Los aviones que recibieron impactos en esas áreas, simplemente se estrellaron.

El error evidenciado por Wald se conoce como verdad sesgada o sesgo de supervivencia, es decir una conclusión equivocada derivada de considerar en un proceso sólo a las personas o elementos supervivientes, obviando a los desaparecidos por no ser observables en una muestra.

Ciertamente se recogieron muchos datos sobre el estado de los bombarderos que llegaron a las bases, pero no se recogió ningún dato de los bombarderos que no llegaron. Es obvio, ¿verdad? como no llegaron a las bases porque fueron derribados antes, no se tomó ninguna nota sobre los impactos que recibieron, por lo que esa parte de información, seguramente la más importante, quedó eliminada de la toma de decisiones.

La pandemia de Covid-19 ha obligado a tomar decisiones sobre la marcha y para ello los especialistas alimentan a las autoridades con enormes cantidades de cifras de contagiados sintomáticos, asintomáticos, estadísticas de fallecidos y recuperados, datos de trazabilidad, una verdadera avalancha de datos.

Las decisiones que se toman son obvias. Por ejemplo, si aumentan los contagios, se restringe la movilidad de las personas. No cabe duda que en este caso es una medida eficaz, sin embargo, hay muchas otras determinaciones que corresponden a análisis más complejos. Un ejemplo de ello es contabilizar a los fallecidos como recuperados por el hecho, discutiblemente obvio, de que los muertos no contagian, cuestión que ha seguido en discusión. 

Cabe entonces preguntarse ¿se dispone realmente de la información relevante que se necesita, antes de tomar alguna nueva decisión?

La cuarentena, los cordones sanitarios, el toque de queda, el uso obligado de mascarillas, la apertura comercial restringida, el aislamiento de los contagiados, son medidas que en su conjunto parecen ser eficaces y que junto con el anuncio de una vacuna hacen vislumbrar la luz al final del túnel, pero no olvidemos que estamos ante un enemigo impredecible que nos obliga a no bajar la guardia y que mientras haya al menos un solo contagiado en todo el planeta, seguirá siendo una amenaza latente.

Las grandes medidas ya se han tomado. En adelante, todo depende de la sintonía fina y de análisis mucho más minuciosos en la estrategia de derrotar al virus. Es de esperar entonces que la información que se analice sea efectivamente la relevante y no incurrir en el llamado sesgo de supervivencia. Para muchos, eso sería fatal.

José Perotti.

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