Por un Chile mejor

En octubre estalló el conflicto: hubo vandalismo, delincuencia, trenes del metro destruidos, violencia que todos rechazamos y condenamos. Pero hubo sobre todo una inmensa mayoría de chilenos, hombres, mujeres, niños, niñas, personas de todas las edades, que salieron a las calles en forma pacífica, a cara descubierta, con la mirada limpia de ojos grandes, para decir ¡Basta! Basta ya de toda violencia: no queremos la violencia de grupos vandálicos en nuestras calles y comercios, pero tampoco queremos la violencia institucionalizada que durante tantos años hemos vivido en Chile. Es violencia institucionalizada la que se muestra en sueldos injustos, en pensiones de vejez que son salarios de hambre, en precios de medicamentos por las nubes, y en colusión de farmacias y otros establecimientos, etc.

Nuestra gente ha dicho que no quiere seguir tolerando más injusticias derivadas de la insultante desigualdad social que ha sido característica entre nosotros durante muchos años. Pero a la vez sabemos que Chile es un país de entendimiento y no de enfrentamiento; no podemos fallar a esta vocación y misión de nuestro pueblo. El tiempo de Navidad es ideal para que reavivemos nuestras mejores reservas, nuestras mejores cualidades personales y sociales, para que tomándonos las manos, mirándonos a los ojos, construyamos un Chile mejor.

Bienaventurados tantos hombres y mujeres que luchan por la paz construida desde la justicia. Sí, felices y benditos todos esos hombres y mujeres de buena voluntad que, superando rencillas y rencores, se dan las manos para construir algo nuevo y mejor. Queremos construir un Chile nuevo y mejor desde el encuentro, el respeto y el diálogo. Felices aquellos que desde su templo masónico, aquellos que desde sus comunidades católicas, aquellos que desde sus templos evangélicos, aquellos que desde sus sinagogas judías, aquellos que desde sus mezquitas musulmanas, aquellos que desde su ateísmo, y aquellos que desde su convencido agnosticismo, juntan sus manos para decir que a todos nos convoca el mismo amor a Chile. Este amor es transversal, está por encima de todas nuestras diferencias, y es hoy el motivo principal de nuestras convergencias. Para poner en práctica ese amor transversal estamos dispuestos a renovar algunas actitudes fundamentales: 

1) Escuchar. Es necesario hablar menos y escucharnos más. Para escuchar es necesario guardar silencio; es necesario creer en la dignidad del otro y aceptar que tiene algo que decirme. El otro puede decirme algo aunque no sepa o no pueda hablar, puede decirme algo aunque no conozca mi lengua o no piense como yo. Saber escuchar significa atender a signos y silencios, gritos y susurros, luces y sombras, que proceden del otro y que reflejan sus anhelos, temores, gozos y esperanzas.

2) Respetar. Es bueno recordar de nuevo el análisis que Erich Fromm hace de esta palabra: “respeto” deriva su etimología del verbo latino “respicere” = mirar de nuevo, mirar con atención y consideración. Por eso no hay respeto cuando miramos a alguien en forma prejuiciosa y nos dejamos llevar de suspicacias, aprensiones, habladurías, apariencias. Conviene que entrando en uno mismo, cada uno se haga esta sencilla reflexión: ¿me dejo llevar de prejuicios ante determinadas personas o determinados grupos? Respeto de verdad al otro cuando estoy convencido/a de que todo ser humano, sea quien sea y de la condición que sea, posee la misma dignidad básica de toda persona.

3) Servir. Sí, todos somos servidores de todos. Nadie ha nacido para ser servido. Cristianos y no cristianos admiran esa imagen de Jesucristo desprendiéndose del manto para lavar los pies polvorientos de sus discípulos, antes de sentarse a la mesa de la última cena. Todos hemos celebrado a esos jóvenes, y no tan jóvenes, que después de las multitudinarias marchas populares se armaban de los necesarios utensilios de limpieza para asear calles y plazas de nuestro entorno. Todos somos iguales, nadie es superior a otro, todos hemos nacido con la misma dignidad de personas. “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” Así reza el artículo primero de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Es verdad: nos merecemos un Chile mejor; y porque somos constructores y no destructores, porque vamos al encuentro y no al enfrentamiento, porque somos de buen corazón y amamos a Chile, juntamos nuestras manos para entre todos construir ese Chile mejor.

José Luís Ysern de Arce

Psicólogo