Cómo manejar nuestras emociones durante las crisis

Cómo manejar nuestras emociones durante las crisis

Manejar nuestras emociones durante las crisis no es tarea fácil. Por término medio, las experimentamos como un todo caótico, turbador y también agotador. El miedo se entremezcla con la ansiedad, sentimos las punzadas de la ilusión, esa que nos anima a seguir adelante a pesar de todo, pero, al instante, surge la frustración y hasta el enfado al ver que las cosas no siempre van como esperamos.

Las emociones se mueven, cambian, vienen, van, nos atrapan y alteran nuestros pensamientos. La anatomía de estas realidades psicofisiológicas nos determina por completo, pero generalmente seguimos sin saber usar su potencial, su inestimable utilidad para permitirnos avanzar, sobrevivir en estos escenarios tan complejos por los que andamos ahora mismo.

Decía Charles Dickens en Grandes esperanzas que un corazón que ama, que siente, que se alegra y que sufre, refleja la más auténtica de las sabidurías. Quizá, se nos olvida esto último. Ser capaces de vivir toda esa amplia paleta de emociones y sentimientos que nos da la vida (y aprender de ellas) conforma la más notable de las ventajas.

En épocas de crisis, de cambios e incertidumbre se abre, sin duda, la prueba más decisiva de todas. Es esa en la que no vale solo con sobrevivir, con mantenernos en pie ante toda tormenta, ante toda embestida y revés que pueda traer el destino.

Se trata, también, de trazar un plan para abrirnos paso, de avanzar con determinación teniendo claros nuestros objetivos con el fin de alcanzar el equilibrio, el bienestar. Profundicemos en este tema.

Manejar nuestras emociones durante las crisis

Algo llamativo sobre las crisis es que el cerebro las procesa como una amenaza. Estos periodos, normales y casi esperables a lo largo de la existencia y en el ciclo propio de toda sociedad, son vistos por nuestra mente como la rotura de algo que dábamos por sentado. El hecho de que muchas de las cosas que nos eran seguras o predecibles estén cambiando, activa nuestra amígdala cerebral, produciendo buenas dosis de esas emociones de valencia negativa como son, por ejemplo, el miedo o la ira.

Señala el conocido antropólogo Juan Luis Arsuaga que cada época, cada ciclo de la humanidad, tiene sus crisis y a nosotros nos ha tocado la que ahora mismo nos envuelve y que todos conocemos. No hay, por lo tanto, una única estrategia que nos permita salir airosos del contexto que nos contiene.

Lo que hay, en realidad, es una obligación. La determinación de que actuemos como individuos responsables y ello pasa primero por atender nuestra salud mental, por cuidar de nuestras emociones.

Aceptar nuestros altibajos emocionales

Para manejar nuestras emociones durante las crisis debemos entender algo primero. El tapiz emocional que experimentamos durante esos momentos está conformado por altibajos: ahora nos enfadamos, después nos ilusionamos y al poco sentimos angustia. El hecho de que ocurra esto es completamente normal.

Hay que aceptar toda emoción sentida. Debemos validar cada sensación que experimenta el cuerpo, cada sentimiento que se instala en la mente. Esos altibajos emocionales no son el resultado de una mente que pierde el control. No es ningún trastorno psicológico. Son procesos completamente normales.

Las emociones durante las crisis son «viscerales»

Por término medio, solemos experimentar las emociones durante los periodos de crisis de forma visceral. ¿Qué significa esto? Significa que sentiremos dolor de estómago. Implica que nos notaremos más cansados, con ganas de dormir en algún momento del día. Al poco surge la hiperactividad, las ganas de movernos. Más tarde la cefalea o el dolor de estómago.

Estas molestias «nómadas» son el resultado de esas emociones manifestándose en nuestro cuerpo y pidiendo, a su vez, ser aceptadas, entendidas y gestionadas por nuestra mente. No dejemos por tanto de atender todas esas sensaciones físicas.

Manejar nuestras emociones durante las crisis: dar espacio y transformar

Para manejar nuestras emociones durante la crisis debemos entender primero cuál es nuestro patrón emocional en estas circunstancias. Es decir, hay quien, ante un cambio o una situación de incertidumbre, reacciona con elevada ansiedad. Otros en cambio, hacen uso de un enfoque más calmado, centrado y flexible.

  • Sea como sea, sabemos que no es fácil para nadie. Pero lo más importante, es no perder el control. Salud mental es sentir las emociones adecuadas en el momento adecuado y entender cómo reaccionar. Es decir, en momentos complejos es comprensible sentir tristeza, miedo, enfado, rabia… No reconocerlas, negarlas o amplificarlas hasta dejarnos llevar por ellas de manera constante no es lo adecuado.
  • Es necesario saber dar nombre a cada emoción. Hay que lograr que ese nudo gigante y caótico de emociones, se transforme en pequeñas partes para identificarlas y darles espacio, aceptándolas. Después, llegará el momento de «domarlas».
  • Algo que conviene tener claro es que no podemos transformar una emoción negativa en una positiva. Nadie puede pasar de la tristeza a la alegría, aunque lo desee con todas sus fuerzas. El cerebro no tiene un interruptor. Pero tiene, eso sí, una corteza prefrontal que nos permite reflexionar, mirar las cosas con perspectiva.

En un estudio llevado a cabo en la Universidad de Michigan por parte de la doctora Bárbara Fredikson, se demostró algo interesante. Educar nuestro cerebro en dimensiones como la esperanza, en pensar que el mañana será mejor que el presente y que las cosas mejorarán, nos puede ayudar en periodos de crisis.

Crear refugios emocionales: todos estamos pasando por lo mismo

Manejar nuestras emociones durante las crisis pasa también por saber pedir ayuda. No podemos olvidar que esta crisis es global y que, de algún modo, la mayoría experimentamos unos mismos miedos y necesidades. Siempre es positivo poder contar con alguien. Crear refugios emocionales con personas con las que poder hablar, desahogarnos y compartir pensamientos es muy catártico.

Para concluir, como decía Albert Einstein, en momentos de crisis solo la imaginación es más decisiva que el propio conocimiento. Es ella la que nos ayuda a crear posibles rutas para el cambio, para dar respuesta a los problemas. Sin embargo, no podemos olvidar el aspecto emocional. Cuidar de ese universo interno es decisivo para poder dar siempre lo mejor de nosotros mismos.

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